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Me encontré con Teresa de Jesús a los quince años, al mismo tiempo en que comenzaba a leer el Quijote. Fueron dos regalos que me han acompañado a lo largo de mi vida. De Teresa, como del Quijote, admiraba su firme decisión de salir de casa y dirigir los pasos hacia una gran aventura. Alonso Quijano, al amanecer, salía de su hogar sin rumbo definido. ¿Hacía dónde se encamina? Hacia donde le dirijan los pasos de Rocinante. Siempre dispuesto a enderezar entuertos y librar batallas por donde Dios disponga. Teresa de Jesús quiere ir a tierra de moros a sufrir el martirio: “A donde le matasen por Dios” (V 1,5). La lectura de estos dos gigantes del espíritu español, Cervantes y Teresa de Jesús, despertó en mí el deseo de ser todo para Dios, de no poner obstáculos a la Providencia, de seguir a Dios por donde Él dispusiera. Comencé leyendo el Libro de la vida y, desde entonces, sellé una alianza de amistad con la Santa. Luego siguió la lectura de Camino de perfección, Las Moradas, la obra poética, etc. De las primeras lecturas recuerdo de manera especial “la determinada determinación” (C 35,2) de orar hasta alcanzar la misma fuente de donde brota la vida. Siempre han estado presentes en mi vida sacerdotal sus palabras que me orientaban en la búsqueda de Dios: “De no parar hasta llegar a ella (la oración), venga lo que viniere, suceda lo que sucediese, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino” (Ibídem). Enardecido mi ánimo juvenil, me sumergí en la lectura de Las Moradas del castillo interior. Y, como todo principiante, me parecía pasar de unas a otras con tan sólo leerlas y retener su contenido. Hoy, pasados muchos años y experimentadas muchas pruebas, agradezco a la Santa su compañía y la vitalidad de los Carmelos que me han acompañado en mi ministerio sacerdotal y episcopal: Manises (Valencia), Castellón, Murcia, Alcalá de Henares y Loeches (Madrid). De todo lo aprendido de Santa Teresa de Jesús retengo, como joya preciosa, su aliento para “andar en verdad” (V 40,3) como expresión de la verdadera humildad. Humildad que no sólo es reconocer los defectos y aceptar las humillaciones, sino descansar en los dones de Dios, apreciar todo lo bueno y verdadero como destellos de la gloria del Señor. Gracias, Santa Teresa, porque contigo aprendo a decir que todo es gracia, que “sólo Dios basta”. |
La relación de la Santísima Virgen con las Ánimas del Purgatorio es profunda y eterna. Ella es Mediadora universal de los seres humanos ante Dios, y podemos decir que por lo tanto será abogada nuestra en el momento en que seamos juzgados. Pero más específicamente María en su adveración del Carmen adquirió con nosotros, los carmelitas, un compromiso maternal y amoroso que ha sido expresado hasta en dos ocasiones. Cuando la Virgen se apareció a San Simón Stock, General de la Orden del carmelo, y le hizo entrega del Santo Escapulario, le indicó que quien lo vistiera, no padecería el fuego del infierno. Siglos después la Virgen transmitió el mismo mensaje a S.S. Juan XXIII indicándole que Ella sacaría del Purgatorio, el sábado siguiente al de su muerte, a quienes hubieran vestido el Santo Ecapulario en vida. Por eso SS. Paulo VI redactó la siguiente bula en 1613: "Permítase a los Padre Carmelitas predicar que el pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Bie...